martes, diciembre 18, 2012

On the power of the mind.



Todo estaba dispuesto para lo mejor. Me encontraba listo y ahora comenzaba a calentar los músculos de las piernas. El paso era activo y sentía el palpitar del corazón acelerarse un poco. Conforme me acercaba  ala primer intersección pensaba en lo que había realizado media hora antes. Todo había sido, si no perfecto, hecho de acuerdo al plan. Si las decisiones que tomas son enteramente tuyas, entonces serán las correctas. Al menos el plan era enteramente mío, por lo tanto eran las acciones correctas. Me levanté un poco después de que sonó la alarma, debido a que el frío del ambiente me impedía salir de las cobijas calientes, pero al final logré vencer la temperatura. El hecho de vencer un fenómeno meteorológico, por simple que sea, me da la capacidad de pensamiento de que puedo vencer lo que sea... que sea de características humanas. Tomé mi desayuno que consta de fruta con un coctel de pastillas. Dos para las articulaciones, una para quemar grasa y otra más como complemento de vitaminas. Nunca siento el efecto de las hierbas en los quemadores de grasas, pero el efecto placebo siempre me convence de que mi cuerpo se encuentra funcionando más rápido de lo normal. La elección de la ropa deportiva fue la mejor. Las opciones de prendas mas calientitas estaban recién lavadas y listas para ser usadas. Había configurado una nueva playlist la noche anterior, por lo que contaba con gran parte de la motivación emocional que me impulsa a dar el máximo esfuerzo físico en cada rutina de ejercicios que hago. Comienzo con Linkin Park, y decido que quiero escuchar todo el disco completo. El cuerpo ya estaba caliente y las manos dejaron de sentirse entumidas.

Después de la segunda vuelta fue cuando todo se vino abajo. Comencé a pensar de nuevo en mis acciones inmediatas anteriores. Veía cada escena como si se tratara de una película y me cercioraba de que había hecho todo bien. Decidí salir por la puerta principal, ya que sólo hay una copia d esa llave y así tendría el control total de entradas y salidas, en caso de que alguien más intentara entrar a la casa. Tomé la llave de la figurilla de hierro en donde siempre está colocada. Abría la cerradura, como de costumbre. La memoria muscular en los movimientos de rutina de alguna manera sesga la capacidad de recordar con lujo de detalle dichas acciones. Luego de haber repasado todo el recorrido que hago caminando antes de empezar a correr me vino a la mente el calentamiento que siempre hago para evitar sentir algún falso estiramiento de los músculos. Y de esta forma llegué a la segunda vuelta, en la que me encontraba en ese momento. Recordaba la puerta. Recordaba haberla cerrado detrás de mí... pero no recordaba haber dado vuelta a la chapa para asegurarla. Ese detalle me paralizó e inmediatamente dejé de correr. No sabía si debía de seguir para terminar la vuelta o volver a toda prisa a casa a cerciorarme que la puerta estuviera bien cerrada. Al final la inseguridad me volvió a vencer, y volví corriendo hasta la casa. Al dar la vuelta en la última esquina intentaba mirar de lejos el pórtico y la puerta, pero el ángulo era demasiado abierto como para poder apreciar bien lo que quería ver. Al acercarme pude ver la reja de hierro y la puerta de madera. Ambas abiertas. La adrenalina me impidió darme cuenta que había una camioneta estacionada frente a la casa. Tampoco pude ver la escalera que estaba en la caja de la misma, así como unas lonas grandes encima de grandes bultos. Me acerqué a la puerta de la casa y dudé un instante antes de subir el primer escalón, que me pareció el más alto escalón que haya subido. Tal vez por la falta de aire, o tal vez por el miedo de que me encontraba ante la puerta abierta de mi casa. Lo primero que llamó mi atención y me puso alerta fueron las voces. Dos hombres hablando con voz baja. Lo peor que temía había sucedido. Habían entrado a casa y se encontraban todavía ahí buscando más cosas y esculcando los cajones de mi recámara. Inmediatamente fui hasta la recamara de enfrente y tomé el revolver que está guardado en aquella maleta deportiva que nunca uso. Nunca había batallado tanto para poner las balas en los orificios correspondientes. Me temblaban las manos de tal forma que tiré la misma bala tres veces. No podía controlar mi vista, que a la vez quería concentrarse en la pistola y en el pasillo, para ver si alguno de los tipos se decidía a entrar a la recamara, pero nunca lo hizo. Luego de cargar el arma fui hasta el lugar de donde provenían las voces. Los dos hombres enfrente de mí, distraídos buscando cosas en los muebles del cuarto nunca se dieron cuenta cuando me coloqué justo en medio de ellos. Apunté al que estaba más cerca de mí. Luego grité. Ambos hombres voltearon y dejaron de hurgar. No dijeron nada ni se voltearon a ver. Ni siquiera intenté preguntarles por las cosas que ya se habían llevado. Volteé a ver la puerta de la recamara de junto y alcancé a ver la cama. Mi hermano se encontraba todavía en ella, pero por la luz de la ventana pude ver las manchas de sangre en las almohadas. Luego vi el bate en el piso, manchado de sangre. Fue esto lo que me impulsó a jalar el gatillo y disparar contra la pierna del primero. Comenzó a gritar tan fuerte que tuve que darle un tiro en la cabeza. Ya no había ruido y el otro tipo seguía sin poder moverse. Pensaba en las consecuencias de mis acciones. ¿A donde iría a tirar los cuerpos? ¿Como los sacaría de casa sin que nadie se diera cuenta? ¿Cuando lo haría, ir a tirarlos? ¿Sería mejor tirarlos? ¿Como explicaría a mis padres las cosas faltantes, en caso de que no las encontrara? Todas estas preguntas pasando por mi cabeza y confundiendo mis pensamientos no me dejaban tomar una decisión. El tipo intentó un un movimiento que llamó mi atención, y mi reacción fue mortal. El disparo atravesó su cabeza e se clavó en la pared blanca. El suelo se llenó inmediatamente de sangre.

El color intenso de los dos charcos y la forma en que comenzaron a mezclarse en el suelo me hipnotizó. No podía pensar en nada. Estaba paralizado con el arma en la mano, en medio de los cuerpos viendo como dos charcos de sangre se convertían en uno y se movían hacia mí. Poco a poco, llenando todo el espacio, el charco crecía hasta que alcanzó los rayos del sol que entraban por la ventana. Los tipos la habían abierto para poder ver mejor. Diez centímetros antes de que llegara la sangre a mis pies salí del estado hipnótico. Pensé en la cárcel. Seguramente iría a parar ahí. Seguramente estaría ahí varios años. La consecuencia de defender lo propio. No lo podría soportar mucho tiempo, pero no sabía cuanto tendría que pasar en ese lugar. Luego comencé a pensar en la opción más fácil. Ya tenía muchas indicaciones de que sería lo mejor. Los días anteriores no habían sido muy alegres. Ya nada me ataba a este mundo. Los sentimientos negativos habían dado paso a una nueva depresión. Tenía el arma en la mano así que simplemente la dirigí hacia mi boca. El sonido del revolver tronando fuerte en el aire me llevó de nuevo al parque, a aquella segunda vuelta, aún incompleta.

Terminé la vuelta. Hice los ejercicios y comencé a caminar rumbo a casa. En un tramo del camino corrí, preso del pánico que me llevó a todos esos pensamientos, pero después de media cuadra me faltó el aire. Al llegar a la última esquina alcancé a ver el frente de la casa. Ningún auto estacionado frente a ella. El tiempo que me tomó subir el primer escalón del pórtico no fue tan largo esta vez. Busqué la llave dentro de mi bolsillo, y la identifiqué, pero en el último momento decidí ver si estaba abierta cerradura. Jalé el picaporte y tenía la llave echada.