miércoles, febrero 01, 2006

120 km/h

Comienzo el viaje a casa. Debo llevar la camioneta a mi padre, porque la necesita para su transporte. Después de ir a recoger el mueble al aereopuerto a las 7:30 de la mañana del Miercoles 01 de Febrero, en el camino de regreso, justo a la altura en la que tiempo atras se organizaban carreras ilegales de autos, pienso - ¿Porqué no llevo la camioneta a casa, y aprovecho para felicitar a mamá por su cumpleaños?. Sí, creo que eso es lo que hare saliendo de mis clases del conservatorio-

Terminaron mis clases. Manejé a casa, en Chihuahua, para recoger un disco con buena música para el camino. Todo está listo. Enciendo la camioneta, sintonizo el radio en Radio Universidad, (porque generalmente tocan música clasica, no se bien en que horario), y escucho los compases finales del último movimiento de la sinfonía "júpiter", de Mozart. Últimamente, escucho mucha música de Mozart, por tratarse de su 250 aniversario de Natalicio. Pues bien, decidí continuar escuchando la sinfonía.

Finaliza el movimiento final. Se escucha la voz del locutor de radio - Acabamos de escuchar la Sinfonía Júpiter de Mozart, a continuacion escucharemos el Concierto para Violín y orquesta número 2 de Mozart. Se dice que existen 8 ó 9 conciertos que se ajudican a Mozart. Se sabe con certeza que los primeros cinco son auténticamente del compositor, sin embargo existen dudas sobre la autoría de los ultimos 3 ó 4. Escuchemos el Segundo concierto, mismo que, anteriormente se decía que Mozart los había escrito para su propia ejecución, y que las cadencias que presenta el solista eran ejecutadas con exactitud, solamente por él mismo. Disfrutemos de este bello concierto -.

Para este momento me encontraba pasando frente a la puerta de Chihuahua. Una imponente estructura que se alcanza a admirar desde la última loma que se encuentra en la carretera cuando se viaja de la ciudad de Delicias, hacia el norte, misma que revela la ciudad de Chihuahua. Después de pasar la estación de gasolina que se encuentra a la salida de la ciudad, acciono la manija del aire acondicionado, girándola hasta la segunda posición, y activando la circulación de aire interno solamente. Movimientos que realizó como instintivamente. Pareciera que conozco su exacta localización desde hace tiempo, y que cuento con un minuciosio estudio de la operación del automovil. Me sentí como un piloto aviador. Preparando todos los detalles que se deben tomar en cuenta para el óptimo desempeño de la gran maquinaria que tengo bajo mi poder y control.

Luego, continuo con más ademanes precisos, y acciono el dispositivo de control automático de velocidad. Relajo mis brazos. En un fuerte movimiento, tenso fuertemente los músculos de mi espalda, y los relajo para sentir una sensación de descanso, y preparación al mismo tiempo.

Tengo a mi total disposición una maquina capaz de desarrollar velocidades que ni los animales mas veloces, creados perfectamente por la sabia naturaleza, podrían llegar a alcanzar. Me encuentro plenamente conciente del poder de la maquina. Me siento, por un momento, con una gran carga de fuerza. Y después, mi mente se vacía. Totalmente en blanco. Como en una especie de sueño. Solamente me dedico a disfrutar de la velocidad. La fuerza del aire que choca contra la estructura del auto. La bellísima música que suena en mis oídos.

No pasa mucho tiempo, cuando la fuerza de la señal de la estación de radio comienza a perderse. La distancia la debilita. Así como los cables de alta tensión que en repetidas ocasiones atraviesan la carretera. Entonces, nuevamente como todo un experto en navegación aérea, y con el piloto automático activado, tomo un disco compacto. Lo saco de la caja, y lo introduzco en el reproductor. Entonces comienza a escucharse otro tipo de música. Una mucho más agresiva. Sonidos explosivos. Octavas descendentes que parecen relámpagos gigantes en el cielo nublado, justo antes de que azote la terrible tormenta. La Toccata y Fuga en Re Menor de J. S. Bach, BWV 565. Imponente pieza que me hace viajar a la Alemania de los tiempos del gran maestro. Imaginando entrar en el inmenso templo, en el momento preciso en el que el genio de la música concebía las complejas modulaciones, siendo atropelladamente expulsadas a través de los enormes tubos del órgano. Me encuentro simplemente perdido. Ante la grandeza del milagro de la celestial música que Dios concedio a este hombre.

Comienza la Fuga. Con un registro minuciosamente diseñado para poder apreciar las distintas voces que se van agregando al tema. Concluye la presentación de las Cuatro voces. En ese momento, como por intervención divina, regreso rápidamente a mi locación terrenal. Mi carril de circulación, en cuestión de segundos reduce sus dimensiones. Rápidamente, volteo a ver el pavimento, y observo como la línea intermedia de los carriles desaparece debajo de las enormes llantas de un grán camión de carga. El aparatoso monstruo invade mi carril forzandome a realizar un estrepitoso frenado. Pareciera que mi pié derecho ya sabía lo que venía. Pareciera que sólo, por su propia cuenta, se acomodó justamente enfrente del pedal del freno, y solamente mi mente mandara la orden desde el cerebro hasta los músculos de mis piernas a empujar fuertemente el pedal. En ese momento mi telefono celular voló por enmedio de la consola de control de aire y el panel de indicadores del auto. Al igual que el otro juego de llaves, la caja protectora del compacto que vengo escuchando, y mi bonete. Tomo el volante con fuerza, y logro controlar el increible descenso de velocidad. Evito a toda costa que el mueble se derrape sobre la segunda curva que esta justamente antes de de la gran colina de la carretera. Colina que ha sido escenario de varios accidentes, la grán mayoría desastrosos para algunos conductores que no toman las precauciones necesarias para abordar correctamente este singular tramo del camino.

Rápidamente los latidos de mi corazón se disparan de 90 a 210 latidos por minuto. Un grán respiro de aire entra por mi naríz, llenando totalmente mis pulmones, y logrando oxigenar cada musculo de mi cuerpo. Las pupilas de mis ojos se dilatan. Mis dedos aprietan el cuero del volante. Respiro de nuevo, esta vez con un poco más de calma. Continúo totalmente concentrado en lo que estoy haciendo. En ningun momento quito de mi vista el enorme camión, causante de éste nervioso episodio. Luego de la curva que se encuentra al pie de la grán colina, acelero fuertemente. En cuestión de segundos, dejo el camión atras. Solamente presente en mi espacio a través del espejo retrovisor.

Una vez pasado el peligro, comienzo a reflexionar. No es la primera ocasión en la que me encuentro ante un peligro en la carretera. Analizé mi reacción. No fue explosiva. Fue totalmente dentro de los límites que marcan mi actuación obligada en este tipo de situaciones. Agradezco a Dios el final del episodio, que no resultó en un precance mayor a los golpes de los objetos que volaron dentro del auto, y que finalmente después recogí del suelo. Respiro finalmente con mayor tranquilidad y continúo mi camino. Después de unos minutos me encuentro nuevamente relajado. Con los oídos atentos a las fraces melodicas del final de la pieza. Al entrar a la recta que se encuentra justo antes de llegar a Cárdenas, escucho los acordes finales que anticipan el estruendoso final de la gran obra maestra para órgano. Viene a mi mente la imagen de enormes columnas de lava y fuego, que emergen del suelo. Elevandose infinitamente hacia el cielo, cada una al mismo tiempo en que resuena cada acorde presente en los ultimos 10 compáses de la pieza. La escena es maravillosa. El último tiempo marca el acorde final, un poderoso Re menor, con el pedal en el registro de la tonalidad más bajo que puede reproducir el poderoso instrumento. Luego, queda solamente el eco de los miles de armónicos que se desvanecen y se rinden al silencio total.

Comienzo a escuchar una línea melódica descendente. Buscando su lugar correspondiente, continúa formando melodías misteriosas. El preludio y Fuga en La Menor, BWV 543. Cuando se establece la frase musical, y el bajo emerge con poder y fuerza, me encuentro llegando a un pequeño trazo de la carretera, justo antes de llegar a Meóqui. Un lugar especial, que nace por el crecimiento de grandes arboles en ambos lados de la carretera. Ahora se encuentran secos, pero en verano, lucen un maravilloso color verde, que resplandece magicamente a 8 metros de altura. En esta ocasión también me ofrecen un espectaculo digno de un rey, entrando por el pasillo principal de su castillo, acercandose cada véz más a su trono al final del mismo. Las millones de sombras que se proyectan en el pavimento parecerían ser las espadas alzadas de los guerreros que rinden honor al soberano que artraviesa su formación.

En cierta ocasión, llegué a escuchar nombrar este lugar como "los changuitos". Haciendo alusión a la gran cercanía que tienen las ramas más altas de los arboles, y que permiten fácilmente imaginar a los intrépidos personajes, volar de un lado a otro de la carretera.

Finalmente nace la alusinante melodía de la Fantasía en Sol Mayor, BWV 572. Con sus millones de progresiones que van de tonalidad en tonalidad. Llena de vida. Llena de una impregnante paz. En ese momento me encuentro elevado al cielo. Simplemente flotando. Cada nube hace su aparición, realiza una caravana frente a mí, y se aparta de mi vista. Los delicados movimientos de las enormes masas de agua con vapor van dando paso a celestiales paisajes que me dan la impresión de que, en cualquier momento, llegaré a estar ante la presencia del Padre. Es en ése momento cuando me encuentro llegando a la ciudad de Delicias. Estoy llegando a mi hogar. El destino que constantemente me impone el corazón. Lugar al que acudo a buscar la felicidad y el amor. Amor de mi familia. De mis padres y mis hermanos.

Sin duda, ésta ha sido una travesía maravillosa.

Agradezco a Dios la oportunidad de poder hacerme sentir todo este universo de emociones, sueños, imagenes y sentimientos.

Para la Gloria de Dios.